El silicio es un oligoelemento esencial. Lo llevamos en los huesos, en los cartílagos, en la piel, en los vasos sanguíneos, en el cabello y en las uñas. Participa en la formación de colágeno, elastina y queratina — las tres proteínas que sostienen, dan firmeza y aportan elasticidad a todo lo que somos por dentro.
El problema es viejo y tiene una pregunta detrás. Si está en todas partes, si lo comemos cada día en cereales, verduras y agua, ¿por qué su nivel en el organismo no para de bajar a partir de los 25 años?
La respuesta es química. La inmensa mayoría del silicio que existe en la naturaleza es inorgánico — silicatos, óxidos, formas cristalinas que el intestino no reconoce y descarta sin tocarlas. Para que el cuerpo lo absorba, el silicio tiene que estar unido a un átomo de carbono y disuelto en una molécula muy pequeña. Esa forma es el silicio orgánico.
En 1972, la doctora Edith M. Carlisle (UCLA) demostró que el silicio es esencial para la formación normal de hueso y cartílago en mamíferos. En 1981 cimentó el hallazgo en su trabajo clásico (Calcified Tissue International): los animales con dieta deficiente en silicio presentan anomalías craneales independientes del nivel de vitamina D.
Dos décadas más tarde, el geólogo francés Loïc Le Ribault — referencia mundial en microscopía electrónica — dio con la forma molecular que el cuerpo sí absorbe: el monometilsilanotriol (MMST). Una molécula orgánica, monomérica, estable en agua. La fórmula con la que llevamos más de veinticinco años trabajando.